lunes, 21 de diciembre de 2015

CUCHILLAZOS EN LA OSCURIDAD



La gente no se enamoraría si nunca hubiera oído del amor
-          Francois de La Rochefoucauld

¿Han visto alguna vez las ramas de las palmeras? En especial de noche y con un viento fuerte. Si se les mira detenidamente parece que fueran uñas largas deslizándose por el aire. Uñas que desgarran piedras y telas de seda. Pintadas de color oscuro y  que pertenecen a una mujer que bordea los teinta años y que está desnuda en la habitación de un hotel esperando al hombre que la abandonó hace algún tiempo. Una mujer que no deja de mirar por la ventana una ciudad deformada por la lluvia y que repite en la radio la misma canción: Noche de perros – Serú Girán. Una mujer que espera y que sangra por dentro porque para ella la vida, la verdadera vida, son los minutos que pasa encerrada en ese cuarto, esperando que una sombra se asome por debajo de la puerta y la llame por su nombre.

Si es que se les mira con más atención. Echado en el pasto  y  acompañado con la luz amarillenta y enfermiza de los postes, da la impresión de que en algún momento las ramas de las palmeras caerán y se incrustarán como cuchillos por todo el cuerpo. No habrá gritos de dolor, sino la resignación de que todo final a veces es bueno, y que en el dolor mismo, hay algo de placer y de felicidad impura.  La imagen tiene el final de una película de Scorsese. Un muchacho de veinte años está tirado en las gramas de un parque. En su estómago duermen de pie decenas de cuchillos. Su cuerpo está en la parte más oscura del lugar.  Un perro llega hasta él, pero el olor a muerte lo aterroriza y decide marcharse. Se oye la sirena de un carro de policía. Dos jovencitas están sentadas en la mesa de una tienda. Una de ellas toma gaseosa, la otra fuma. Alguien grita algo que no se comprende. La noche va a terminar y nadie se da cuenta de nada.



Miden aproximadamente un metro. Son filudas y deformes. Algunas envejecen y otras nacen. Pero todas tienen en común la misma imagen solitaria que tienen los dedos de un hombre que toca el piano en el interior de un teatro vacío. Un hombre que usa lentes de miope y se peina raya al costado, y que a pesar de que está solo ensayando los temas que tocará mañana, no se siente así porque piensa en ella. En la mujer que le hizo conocer el amor y la angustia. Él es pianista por ella, porque sabe que la música es el único lugar donde se puede retener a alguien que se ama. Los sonidos se mueven como luciérnagas en la oscuridad de un bosque, llenando de luz los lugares por donde pasan para luego morir y volver a la oscuridad de siempre. El hombre sigue tocando. Pero no sólo mueve los dedos, sino también la cabeza y los pies. Se mueve como si estuviera haciendo el amor a una persona ausente. Y se esfuerza y suda, y no deja de pensar en ella, y entonces la angustia empieza a carcomerlo. Porque sabe que ella no vendrá a verlo tocar mañana.  Y que quizás a esa misma hora, mientras él toca sus mejores temas y el público aplauda, ella esté esperando a un hombre en la cama de un hotel. Y él lo sabe, pero igual la ama. Y toca y toca sabiendo que en la oscuridad de un bosque hay una luciérnaga que acaba de perder su luz para volver a la oscuridad de donde nunca se sale. Pero él igual la ama.                      


1 comentario:

everardi junior loyola avila dijo...

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