sábado, 17 de diciembre de 2016

ONETTI Y LOS DIAZEPAM

A mi papá

En la tarde del cinco de agosto del 2013 mi padre tomó tres diazepam porque se sentía solo y necesitaba dormir. Horas más tarde recibimos la llamada de un tío diciendo que papá había muerto por un derrame cerebral. De ese día me quedan tres recuerdos sórdidos: el rostro de mamá sin lágrimas, la caminata de quince minutos para avisarle a mi hermano, que a esa hora ensayaba su show de clown,  y un libro de Donoso que había comprado en la tarde.

A las 11 de la noche vino una combi a recogernos. El viaje fue largo y penoso, sentía mi pecho lleno de piedras, los ojos dinamitados y la cabeza hecha mierda. Pensé en mi hijo, en su cabello alborotado y sus ojos tristes. Nunca más vería a su abuelo, nunca más vería el lunar de su mejilla derecha, los cabellos canos que sobresalían entre sus patillas, nunca lo vería llegar ebrio en la madrugada cantando huaynos serranos, nunca más vería su pecho lampiño y moreno, nunca más. Ahora solo quedaba un nicho al pie de un cerro, y una plaza que coreó su nombre entre vasos de cervezas y de lágrimas, mientras su cuerpo se endurecía en un colchón viejo y sucio.

Ya era de mañana cuando llegamos. El rostro de papá estaba sereno, como si la muerte lo hubiera alcanzado en un momento adecuado de su vida. Alrededor de él había decenas de velas que pintaban la habitación de un color amarillento. Mis tías lloraban sentadas a un costado, sus manos temblaban entre sus faldones negros y empolvados.
En todo lo triste y negro que es la muerte encontré piedad. Perdoné sus errores, y pedí que perdone los míos. No podía imaginar que tiempo después yo volvería a sonreír y a ser feliz, mientras él era un pedazo de tierra más en un cementerio que solo abre un día a la semana.

No podía soportar la dureza de mamá ni el sufrimiento de mis tías. Así que caminé a su habitación. Todo estaba desordenado, la mesa llena de manuscritos, los libros regados en un estante y su ropa sin planchar encima de la cama. Me imaginé que la noche anterior había mirado por la ventana el paisaje oscuro y temeroso que produce vivir en el campo, las estrellas se tatuaban en sus ojos mientras recordaba el amor que había tenido con mamá. Ella no tenía la culpa de nada, quizás él tampoco ¿Pero quién sí?

Hubo algo que atrajo toda mi atención. El último libro que leyó era una edición gastada de “La vida breve” con la página 150 doblada casi por la mitad. Maldito Onetti, pensé, mientras veía en la contraportada su rostro adusto y solitario, con esos grandes lentes negros y el cigarrillo en la comisura de sus labios. Entonces fue cuando pude derramar mis primeras lágrimas, y tuve la esperanza de ir a donde estaba mamá y decirle que él siempre la amó como aman los héroes onettianos: con un amor que le teme al fracaso o como un fracaso que le teme al amor.


2 comentarios:

Hilsa dijo...

Aquí estoy
amándote
amándote
y amándote.
No estamos solos, conejo.

Joe dijo...

Cholita en mi corazón. Te amo ;)