miércoles, 22 de marzo de 2017

MORO PORN STAR



Moro es un amigo de la universidad, un padre y un perro muertos hace poco, un eructo después de un espantoso bocado, una noche de trago y cigarrillos, Moro es erotismo y rebeldía pura.

Moro nace de mi falo y de mi testículo izquierdo, nace surrealista y hermafrodita, divino y demoníaco (Abraxas). Es que criarse en una ciudad horrible, es cosa de locos no, Morito? Quizás por ello mataste a Alfredo Quìspez Asìn y engendraste a una tortuga mítica.

Siendo sincero, muy pocos comprendieron tu locura de diamante. Una sociedad prejuiciosa e insensata no estaba preparada para acogerte; descuida, la impureza era de ellos y no tuya. Tu homosexualidad, tu condición de poeta, el tomar una lengua extranjera como idioma literario,  hicieron de de ti un ser exiliado y marginal. Hasta los franceses no te comprendieron, a ti todavía, que fuiste más surrealista y más mítico que ellos. No te dejaste apabullar por huachaferías políticas, y siempre fuiste tú mismo, y quizás en ello consistió tu error y tu tristeza: siempre confiaste en el hombre a pesar de las excreciones que llevaba encima.

Me disculparás, pero al recordarte, me es inevitable no hablar de Antonio. Sí, sí, Antonio, aquel militar mexicano que conociste en 1938, y con quien tuviste una relación amorosa por casi 8 años. Es cierto que luego apareció André Coynè, pero a mí no me mientes, yo sé que Antonio fue el amor de tu vida, a quien amaste hasta tu muerte.  De su semen nutriste los poemas de la Tortuga Ecuestre, ¿se te olvida acaso que Antonio era Dios, aquel ser que podría crear continentes si escupía al mar, aquel ser que podía destruir el mundo en un instante, aquel ser que era el fuego interno de la tierra?

Escribir, pintar, danzar, ir al mar, fueron tus armas para escapar de tu propio infierno. Te paseaste por Francia y por México, en busca de seres como tú, pero no los hallaste, y de ello es testigo Emilio Westphalen (uno de tus pocos amigos) a quien confesaste que la gente es estúpida, y que uno siempre se tropieza con la misma incomprensión y la misma nulidad.

Te das cuenta que nunca supiste sobrevivir en este mundo. No es tu culpa, la culpa es de ellos. Y soy yo quien te pide las pertinentes disculpas en nombre de todos, en especial de los alumnos del Leoncio Prado (te jodían la vida cuando les enseñabas francés), de las editoriales que no publicaron tus poemarios, de Huidobro y de Breton. Todos ellos ignoraron el fuego y la pureza que habitaba en ti.

Tuviste la valentía de no aferraste a la tiranía de la razón, muy por el contrario, siempre lo despreciaste.  Razón acaramelada, ajena, infértil, razón de mierda.  Pregonaste tu aversión a todo ello,  para enrumbarte en el camino de los delirios y refugiarte en la Poesía.


Me disculparás nuevamente por todas estas palabras, pero era necesario decirlo.  Es que luego de leer tu poesía, uno ya no es el mismo. Por ello pienso en la frase de Rimbaud- el poeta era un ladrón de fuego-  y te busco y trato de explicarte que eres y serás nuestro Prometeo (sensual y no de calcomanía). Nos alimentaste de belleza y de luz, sacrificando tu vida para concedernos una poesía, tan pura, tan abismal, tan homosexual. 





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