jueves, 26 de noviembre de 2015


A Leonardo

Hay un hombre tocando el piano en un sanatorio. Sus dedos son los balbuceos de un cuerpo anónimo. Pienso en él, en su soledad, en el padre que esclavizó su infancia en un cuadro de Goya.

Hay un hombre tocando el piano en una habitación de Casa Grande. Su nombre se asemeja al de un gánster que corre tras su presa. Su pesimismo es una aspirina atascada en la garganta. El amor es pasajero – me dice- mientras lee a Dostoievski en las pechos de una puta.

Hay un hombre tocando el piano en la banca de un parque. Las palomas se cagan en su cabeza. Pero él se caga en Dios, en su familia  y en su propia existencia.

Hay un hombre tocando el piano en el teatrín del INC. Junta crepúsculos en su sien.  Predice los períodos menstruales de una indígena y llora desconsoladamente en la oscuridad de su sombrero para que todos piensen que es un acto de magia.

Hay un hombre tocando el piano y no sabe quién es pero yo si lo sé es simplemente un hombre tocando el piano mientras yo aplaudo.


         

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