domingo, 21 de mayo de 2017

EL AMOR HA PARIDO
                                    UNA LUZ
                                                     TERRIBLE 


miércoles, 29 de marzo de 2017

Desayuno en el infierno





Holly Golightly es Audrey Hepburn, Audrey Hepburn es Truman Capote, Truman Capote es una prostituta de 20 dólares, una prostituta de 20 dólares es la poesía, la poesía es maquillaje y soledad. 





lunes, 27 de marzo de 2017

El ángel de la bicicleta




A veces me he preguntado si de verdad soy tu hermano, o si es que tus manos, que ya empiezan a envejecer y a ennegrecerse más, alguna vez cogieron las mías y me llevaron a los lugares de las mágicas historias que me contabas de pequeño. No tengo muchos recuerdos de nuestra infancia, salvo algunas fotos que mamá guarda en el viejo cajón de su cómoda. En una de ellas apareces sonriente, con un peinado raya al costado que te quedaba fatal, y yo a tu lado, con los ojos heridos por los rayos del sol, tratando de sonreír con cierta vergüenza, mientras mamá nos veía de lejos, con una expresión piadosa e incierta.

He crecido veinticuatro años a tu lado, y no me arrepiento. Aún tengo mis orejas pegadas a esa pared que nos separaba de los golpes y gritos de papá. Yo nunca se lo hubiese perdonado, pero tú lo hiciste, y aprendiste a amarlo más aquella tarde en la que lo miraste por última vez. Para ese entonces ya me habías enseñado mucho, me contagiaste tus pesadillas y tus incipientes inclinaciones al arte. 

Podría decirte tantas cosas, negro, pero a veces los sentimientos son palabras cortadas a destiempo. A veces somos tan distintos, tan opuestos. Yo soy blanco, tu eres negro. Yo soy renegón, tú eres alegre. Yo estoy leyendo a Tolstoi, tú a Jodorowsky. Yo soy de la U, tú de la alianza.
Pero tenemos algo en común: ambos somos padres.



Pd: Gracias por permitirme ser el padrino de tu hija. Espero que aprendas a terminar un libro de más de 200 páginas. Es por tu bien.








miércoles, 22 de marzo de 2017

MORO PORN STAR



Moro es un amigo de la universidad, un padre y un perro muertos hace poco, un eructo después de un espantoso bocado, una noche de trago y cigarrillos, Moro es erotismo y rebeldía pura.

Moro nace de mi falo y de mi testículo izquierdo, nace surrealista y hermafrodita, divino y demoníaco (Abraxas). Es que criarse en una ciudad horrible, es cosa de locos no, Morito? Quizás por ello mataste a Alfredo Quìspez Asìn y engendraste a una tortuga mítica.

Siendo sincero, muy pocos comprendieron tu locura de diamante. Una sociedad prejuiciosa e insensata no estaba preparada para acogerte; descuida, la impureza era de ellos y no tuya. Tu homosexualidad, tu condición de poeta, el tomar una lengua extranjera como idioma literario,  hicieron de de ti un ser exiliado y marginal. Hasta los franceses no te comprendieron, a ti todavía, que fuiste más surrealista y más mítico que ellos. No te dejaste apabullar por huachaferías políticas, y siempre fuiste tú mismo, y quizás en ello consistió tu error y tu tristeza: siempre confiaste en el hombre a pesar de las excreciones que llevaba encima.

Me disculparás, pero al recordarte, me es inevitable no hablar de Antonio. Sí, sí, Antonio, aquel militar mexicano que conociste en 1938, y con quien tuviste una relación amorosa por casi 8 años. Es cierto que luego apareció André Coynè, pero a mí no me mientes, yo sé que Antonio fue el amor de tu vida, a quien amaste hasta tu muerte.  De su semen nutriste los poemas de la Tortuga Ecuestre, ¿se te olvida acaso que Antonio era Dios, aquel ser que podría crear continentes si escupía al mar, aquel ser que podía destruir el mundo en un instante, aquel ser que era el fuego interno de la tierra?

Escribir, pintar, danzar, ir al mar, fueron tus armas para escapar de tu propio infierno. Te paseaste por Francia y por México, en busca de seres como tú, pero no los hallaste, y de ello es testigo Emilio Westphalen (uno de tus pocos amigos) a quien confesaste que la gente es estúpida, y que uno siempre se tropieza con la misma incomprensión y la misma nulidad.

Te das cuenta que nunca supiste sobrevivir en este mundo. No es tu culpa, la culpa es de ellos. Y soy yo quien te pide las pertinentes disculpas en nombre de todos, en especial de los alumnos del Leoncio Prado (te jodían la vida cuando les enseñabas francés), de las editoriales que no publicaron tus poemarios, de Huidobro y de Breton. Todos ellos ignoraron el fuego y la pureza que habitaba en ti.

Tuviste la valentía de no aferraste a la tiranía de la razón, muy por el contrario, siempre lo despreciaste.  Razón acaramelada, ajena, infértil, razón de mierda.  Pregonaste tu aversión a todo ello,  para enrumbarte en el camino de los delirios y refugiarte en la Poesía.


Me disculparás nuevamente por todas estas palabras, pero era necesario decirlo.  Es que luego de leer tu poesía, uno ya no es el mismo. Por ello pienso en la frase de Rimbaud- el poeta era un ladrón de fuego-  y te busco y trato de explicarte que eres y serás nuestro Prometeo (sensual y no de calcomanía). Nos alimentaste de belleza y de luz, sacrificando tu vida para concedernos una poesía, tan pura, tan abismal, tan homosexual. 





sábado, 18 de marzo de 2017


Sobre tus espaldas crecen las tumbas de las personas que mas quieres.
Y yo 
crezco entre ellos 
como una pequeña ficción
trazando lineas de fuego alrededor de tu cuerpo
de mujer araña. 





sábado, 17 de diciembre de 2016

ONETTI Y LOS DIAZEPAM

A mi papá

En la tarde del cinco de agosto del 2013 mi padre tomó tres diazepam porque se sentía solo y necesitaba dormir. Horas más tarde recibimos la llamada de un tío diciendo que papá había muerto por un derrame cerebral. De ese día me quedan tres recuerdos sórdidos: el rostro de mamá sin lágrimas, la caminata de quince minutos para avisarle a mi hermano, que a esa hora ensayaba su show de clown,  y un libro de Donoso que había comprado en la tarde.

A las 11 de la noche vino una combi a recogernos. El viaje fue largo y penoso, sentía mi pecho lleno de piedras, los ojos dinamitados y la cabeza hecha mierda. Pensé en mi hijo, en su cabello alborotado y sus ojos tristes. Nunca más vería a su abuelo, nunca más vería el lunar de su mejilla derecha, los cabellos canos que sobresalían entre sus patillas, nunca lo vería llegar ebrio en la madrugada cantando huaynos serranos, nunca más vería su pecho lampiño y moreno, nunca más. Ahora solo quedaba un nicho al pie de un cerro, y una plaza que coreó su nombre entre vasos de cervezas y de lágrimas, mientras su cuerpo se endurecía en un colchón viejo y sucio.

Ya era de mañana cuando llegamos. El rostro de papá estaba sereno, como si la muerte lo hubiera alcanzado en un momento adecuado de su vida. Alrededor de él había decenas de velas que pintaban la habitación de un color amarillento. Mis tías lloraban sentadas a un costado, sus manos temblaban entre sus faldones negros y empolvados.
En todo lo triste y negro que es la muerte encontré piedad. Perdoné sus errores, y pedí que perdone los míos. No podía imaginar que tiempo después yo volvería a sonreír y a ser feliz, mientras él era un pedazo de tierra más en un cementerio que solo abre un día a la semana.

No podía soportar la dureza de mamá ni el sufrimiento de mis tías. Así que caminé a su habitación. Todo estaba desordenado, la mesa llena de manuscritos, los libros regados en un estante y su ropa sin planchar encima de la cama. Me imaginé que la noche anterior había mirado por la ventana el paisaje oscuro y temeroso que produce vivir en el campo, las estrellas se tatuaban en sus ojos mientras recordaba el amor que había tenido con mamá. Ella no tenía la culpa de nada, quizás él tampoco ¿Pero quién sí?

Hubo algo que atrajo toda mi atención. El último libro que leyó era una edición gastada de “La vida breve” con la página 150 doblada casi por la mitad. Maldito Onetti, pensé, mientras veía en la contraportada su rostro adusto y solitario, con esos grandes lentes negros y el cigarrillo en la comisura de sus labios. Entonces fue cuando pude derramar mis primeras lágrimas, y tuve la esperanza de ir a donde estaba mamá y decirle que él siempre la amó como aman los héroes onettianos: con un amor que le teme al fracaso o como un fracaso que le teme al amor.


ESTEPAS










domingo, 4 de diciembre de 2016

Soñé que tenía catorce años, y que cada tarde, al salir del colegio, me esperaba en la esquina una adolescente con un vestido negro que le cubría el cuerpo entero. A veces se perdía entre las personas que caminaban a su costado, pero yo siempre la reconocía por sus grandes lentes de miope. Me acercaba y le tocaba su hombro, pero ella con un gesto esquivo repetía: Yo te cuidaré, pero ayúdame a matar al tiempo.



sábado, 3 de septiembre de 2016


Soñé que estaba en el funeral de mi mamá. El cajón era de  un  color gris con bordes dorados. Yo aún no comprendía nada de lo que pasaba. Había tratado de llorar dos horas seguidas pero no me salía ni una lágrima. Sentía pena y asco por mi falta de sensibilidad. Al otro lado del ataúd estaban mis hermanos que no dejaban de mirarme mientras se decían: él nunca la quiso. Entonces no me quedaba nada por hacer ahí, solo subir a mi habitación y empezar a escribir mi primera novela con los ojos llenos de lágrimas.




lunes, 4 de enero de 2016

H

Tu cuerpo
                  nace y se deshace
                                               en la cola de un animal prehistórico


H. es un poste de luz en lo profundo de mi garganta.

H. es un personaje de Carver que acaba de perder sus sueños, pero que sin embargo, se ríe de mí tapándose la boca.
H. es la fotografía de una estrella a punto de colapsar.
H. es el balbuceo de una tragedia griega en los ojos de mis alumnos.
H. es una explosión de nervios en los abismos de mi mente.
H. es una pintura donde ojos miopes son la existencia de todo.
H. es la linea esquizofrénica por donde camino sin temor a caer.
H. es un poema escrito con tizas multicolores en las lunas de un manicomio.
H, es el último recuerdo del día.
H. es el pan que compro por la mañana y que se endurece por la noche.
H. es un libro de Anne Sexton que se lee en un bus plagado de estúpidos.
H. es un pájaro que mira a una mujer tomando 50 barbitúricos para desaparecer de este mundo.
H. es una ventana abierta en mi pecho por donde salen y entran personas sin rostros.
H. es una muñeca de plástico cruel que balbucea palabras de amor cuando se le aprieta la pierna izquierda.




lunes, 21 de diciembre de 2015

CUCHILLAZOS EN LA OSCURIDAD



La gente no se enamoraría si nunca hubiera oído del amor
-          Francois de La Rochefoucauld

¿Han visto alguna vez las ramas de las palmeras? En especial de noche y con un viento fuerte. Si se les mira detenidamente parece que fueran uñas largas deslizándose por el aire. Uñas que desgarran piedras y telas de seda. Pintadas de color oscuro y  que pertenecen a una mujer que bordea los teinta años y que está desnuda en la habitación de un hotel esperando al hombre que la abandonó hace algún tiempo. Una mujer que no deja de mirar por la ventana una ciudad deformada por la lluvia y que repite en la radio la misma canción: Noche de perros – Serú Girán. Una mujer que espera y que sangra por dentro porque para ella la vida, la verdadera vida, son los minutos que pasa encerrada en ese cuarto, esperando que una sombra se asome por debajo de la puerta y la llame por su nombre.

Si es que se les mira con más atención. Echado en el pasto  y  acompañado con la luz amarillenta y enfermiza de los postes, da la impresión de que en algún momento las ramas de las palmeras caerán y se incrustarán como cuchillos por todo el cuerpo. No habrá gritos de dolor, sino la resignación de que todo final a veces es bueno, y que en el dolor mismo, hay algo de placer y de felicidad impura.  La imagen tiene el final de una película de Scorsese. Un muchacho de veinte años está tirado en las gramas de un parque. En su estómago duermen de pie decenas de cuchillos. Su cuerpo está en la parte más oscura del lugar.  Un perro llega hasta él, pero el olor a muerte lo aterroriza y decide marcharse. Se oye la sirena de un carro de policía. Dos jovencitas están sentadas en la mesa de una tienda. Una de ellas toma gaseosa, la otra fuma. Alguien grita algo que no se comprende. La noche va a terminar y nadie se da cuenta de nada.



Miden aproximadamente un metro. Son filudas y deformes. Algunas envejecen y otras nacen. Pero todas tienen en común la misma imagen solitaria que tienen los dedos de un hombre que toca el piano en el interior de un teatro vacío. Un hombre que usa lentes de miope y se peina raya al costado, y que a pesar de que está solo ensayando los temas que tocará mañana, no se siente así porque piensa en ella. En la mujer que le hizo conocer el amor y la angustia. Él es pianista por ella, porque sabe que la música es el único lugar donde se puede retener a alguien que se ama. Los sonidos se mueven como luciérnagas en la oscuridad de un bosque, llenando de luz los lugares por donde pasan para luego morir y volver a la oscuridad de siempre. El hombre sigue tocando. Pero no sólo mueve los dedos, sino también la cabeza y los pies. Se mueve como si estuviera haciendo el amor a una persona ausente. Y se esfuerza y suda, y no deja de pensar en ella, y entonces la angustia empieza a carcomerlo. Porque sabe que ella no vendrá a verlo tocar mañana.  Y que quizás a esa misma hora, mientras él toca sus mejores temas y el público aplauda, ella esté esperando a un hombre en la cama de un hotel. Y él lo sabe, pero igual la ama. Y toca y toca sabiendo que en la oscuridad de un bosque hay una luciérnaga que acaba de perder su luz para volver a la oscuridad de donde nunca se sale. Pero él igual la ama.                      


jueves, 26 de noviembre de 2015


A Leonardo

Hay un hombre tocando el piano en un sanatorio. Sus dedos son los balbuceos de un cuerpo anónimo. Pienso en él, en su soledad, en el padre que esclavizó su infancia en un cuadro de Goya.

Hay un hombre tocando el piano en una habitación de Casa Grande. Su nombre se asemeja al de un gánster que corre tras su presa. Su pesimismo es una aspirina atascada en la garganta. El amor es pasajero – me dice- mientras lee a Dostoievski en las pechos de una puta.

Hay un hombre tocando el piano en la banca de un parque. Las palomas se cagan en su cabeza. Pero él se caga en Dios, en su familia  y en su propia existencia.

Hay un hombre tocando el piano en el teatrín del INC. Junta crepúsculos en su sien.  Predice los períodos menstruales de una indígena y llora desconsoladamente en la oscuridad de su sombrero para que todos piensen que es un acto de magia.

Hay un hombre tocando el piano y no sabe quién es pero yo si lo sé es simplemente un hombre tocando el piano mientras yo aplaudo.